viernes, 7 de diciembre de 2012

(Re) Acción


 
Hoy alguien me dijo que uno no puede permitir que su historia le impida vivir porque se va a morir solo y sin haber hecho nada significante.

Muy cierto. Pero cierto es también que la historia personal tiene la capacidad de ser cronológicamente anacrónica. No se puede dividir el tiempo en tres para situar superfluamente un hecho. Cuando hablamos de historia personal, hablamos de la imposibilidad de fragmentar  un presente sin pasado ni futuro, porque en uno, el tiempo se unifica y en esa amalgama de verdades, ya no sabe cuál es la propia.

Hay un quiebre que se produce cuando nos damos cuenta de que para poder avanzar  debemos  aprender a soltar lo que se nos fue dando prestado y emprender la confección de nuestra persona.

Ese proceso selectivo se carga nuestras mayores tristezas y nos deja con la angustia de la pérdida… (¿Por qué hablar de pérdidas cuando a veces se trata de ausencia? Uno no pierde lo que nunca tuvo. El amor no se pierde si no se recibió)

 
Se crece con esa idiotez de que el amor es algo abstracto y que como todo lo abstracto es impalpable… nunca nada más erróneo. El amor es palpable y si alguien se atreve a decirme que no se puede tocar, es porque nunca acarició a un ser amado, aunque ese ser sea una persona, un perro o el potus del balcón.

El amor se toca porque nos toca, y nos toca cuando nos tocamos, y cuando hablo de tocar, no hablo de la libido en plena liberación, hablo del contacto entre dos individuos que se muestran afecto. A veces reprimimos los abrazos porque no nos fueron dados. El desamor  termina siendo una especie de enfermedad transmitida  de generación en generación.

 

Desde adentro se produce el cambio, pero la pregunta es: ¿hasta dónde es posible ese cambio cuando hemos sido sellados por la vida? ¿Maduramos porque cambiamos o cambiamos porque los años nos sensibilizan?

 

De cualquier manera, el temor más absurdo es el de amar.

 

Sombras


La realidad es eso que me roza a diario, ese camino paralelo al que transcurro día tras día. Cuando uno vive  al límite de lo incierto, inevitablemente se pregunta hasta donde la fantasía lo ayuda a soportar el reflejo producido por esa vereda que prefiere evitar.

Muchas veces me cuestioné la posibilidad de ser un transeúnte más del otro lado de la sombra pero nunca me animé a cruzar. Ese abismo insondable me retiene.

Quiero saltar, no puedo (no quiero). Soy voluntariamente vulnerable a  la ley física que me retiene de este lado tan mío y tan de nadie.

 

Insurrección


Es duro saberse pensando en vos, reconocer que no existe la inmunidad en el amor, por más que uno se mutile o se resista.

Solo yo, y mis múltiples personalidades entendemos que la elección no es algo concebible para nuestra soledad que parece estar siempre a merced del boludo de turno.

Cuando se busca un tesoro en el fango durante mucho tiempo, uno llega a la conclusión de que, aunque llegara a ser rico, no le va a alcanzar ni la plata ni la vida, para volver a sentirse limpio.

La pulcritud  nos la proporciona la inocencia y la perdemos estúpidamente cuando nos empujan al abismo en búsqueda de la nada (la nada es tanto que debería ser todo.)